Escuchamos al Señor. Hablamos con el Señor

“Pilato: el respeto humano (Mt 27,11-26)”

¿Quién es Pilato?

Es el burócrata apegado al sillón; lo más importante para él es no perder su puesto. Pero queda cogido entre dos fuegos, algo que sucede con frecuencia: por arriba órdenes, maniobras, tempestades, asuntos para tramitar; por abajo inquietudes, descontentos.

Pilato vive a diario el esfuerzo amargo de mantener un cierto equilibrio entre los dos fuegos, no echar a perder su carrera y no disgustar a nadie: ni a la conciencia ni al emperador, ni tampoco a la gente, porque, en el fondo, el emperador está lejos, pero él tiene que vivir con la gente.
Nos encontramos ante el drama de un pobre hombre que posee una buena cultura, un sentido de la dignidad, de honestidad fundamental, aunque con graves defectos.

Aparece asimismo como un hombre que tiene una línea propia, pero que, sin embargo, lo quiere salvar todo: el puesto, la gracia del emperador, las buenas relaciones con las autoridades judías y el favor del pueblo.

Dado que es listo, busca escapatorias: cuando le viene a la cabeza la idea de Barrabás, cree salir del paso con plena satisfacción de todos: estará contento el pueblo, porque libera a un prisionero; estará contento el emperador, porque no le llegarán quejas; estará contenta su conciencia, porque Barrabás merecía la muerte.

Pero la escapatoria no resulta y entonces Pilato se muestra incluso ingenuo, dado que se presenta a una muchedumbre airada, pensando que logrará convencerla.

Esto muestra hasta qué punto ha llegado su desconcierto y dónde ha acabado su sabiduría política: ya no tiene presente las reacciones normales de la gente. Intenta salir del paso de una manera desesperada, como un león enjaulado, espera encontrar una vía de salida que no esté contra su conciencia, una vía con la que salvar al mismo tiempo a sí mismo y al hombre que no ha hecho nada malo.

Probablemente la vida no le había preparado para semejante situación, que, de improviso, ha pasado de trivial a fastidiosa y humillante. Busca todas las soluciones, pero no la única justa, a saber: hacer uso de su libertad y dignidad.

¿Qué hace Jesús? Pronuncia las únicas palabras que puede en ese momento: «Tú lo dices».

También aquí, como en el caso de Judas y en el de los guardias, hay una remisión a la dignidad de la persona: «Tú ves, tú sabes. Si soy culpable, estoy dispuesto a ser condenado, si no lo soy, pregunta a tu conciencia; si eres un hombre libre, muéstrate como tal, haz que triunfe tu dignidad».
Me gusta imaginar que Pilato haya tenido un instante de incertidumbre y se haya preguntado: «¿Soy un funcionario o un hombre? Si soy un hombre, tengo mi libertad y esta persona me interesa; quizá tenga algo que decirme, tal vez pueda explicarme por qué me siento tan inquieto, qué me pasa; si nos sentamos a hablar, me dirá algunas de sus palabras».”

Y qué le habría dicho Jesús? Más o menos lo que ya estaba contenido en su «Tú lo dices»: «Tienes el poder de condenarme, eres libre de hacerlo si me reconoces culpable; y aunque no encuentres culpa en mí, estoy en tus manos. Con todo, pregúntate qué es la inquietud que te corroe, de qué tienes miedo, qué es lo que deseas».

Pilato, por primera vez en su vida, habría escuchado en una conversación de hombre a hombre, con una persona que no le adulaba ni siquiera le rechazaba, sino que hablaba con él libremente. Me imagino que si hubiera realizado este gesto se habría sentido libre del respeto humano para con el emperador y para con el sanedrín, capaz de hacer frente al peligro del tumulto de la muchedumbre.

La conversación de tú a tú con Jesús puede hacer a un hombre auténtico, libre de muchos miedos absurdos por los que, de repente, se siente ridículo. Jesús muere para revelar también a Pilato la vía de salida. Esta es la conversación liberadora que Jesús quiere mantener con cada uno de nosotros; la única solución para Pilato era ponerse al nivel del hermano y hablarle, porque la persona era más importante que las leyes, que la carrera, que la burocracia.

Jesús nos enseña que siempre, en cualquier situación, existe la posibilidad de mantener una relación sincera con él, una relación capaz de reconducirnos a nuestra autenticidad. Nos enseña que siempre se puede encontrar un momento de pausa, incluso en las situaciones más intrincadas, más absurdas, más ridículas, para descubrir su significado profundo, para comprender la verdadera relación con las personas, para volver a dar más importancia al hombre que a las cosas y a las estructuras.

Nos encontramos ante Jesús, que nos revela la vulnerabilidad de Dios, que se deja tratar como nos place a nosotros, porque quiere que cada uno de nosotros le reconozca. Somos Pilato, que tiene una fachada, una honorabilidad, una etiqueta que salvar a toda costa.

Preguntémonos que hay en nosotros de Pilato, qué nos impide ser libres, cuáles son nuestros miedos, nuestras etiquetas, las vestiduras y las máscaras que llevamos en público, que nos incapacitan para arriesgar; intentemos descubrir todos nuestros absurdos, la capacidad de desatender y golpear al otro por la apariencia, por mantener la fachada, o el puesto importante, o la buena opinión de la gente sobre nuestra honorabilidad, sobre nuestra fama o buena estima.

Habla conmigo –nos dice el Señor- libérate, debes saber que en cualquier momento puedes sentirte impulsado a golpear al otro para defender un mundo que tú mismo te has construido, a ponerte en una situación irreparable, sin vía de salida.

Con su confiarse a nosotros, con su vulnerabilidad, Dios nos revela su voluntad de iluminarnos sobre lo que somos y sobre lo que podemos ser si le reconocemos en su Verdad.

«Señor, tú que nos has manifestado a tu Hijo en la pobreza de un hombre, revélanos lo que somos.
Haz que la sangre de tus heridas no corra en vano para nosotros, que por tus heridas seamos sanados de nuevo; que en virtud de esta sangre cada uno de nosotros vuelva a encontrar la libertad a la que está destinado. Amén».”

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