«Hablamos con el Señor», sábado 9 de noviembre de 2019

En todo hombre hay un espacio de soledad que ningún vínculo humano puede colmar, ni siquiera el amor humano más fuerte. El que se niega a entrar en este espacio de soledad se pone en situación de rebelión, de rebelión contra los hombres e incluso contra Dios. Cristo te espera en la profundidad de tu ser, donde nadie se parece a nadie.

«YOUCAT – Tu libro de oración»

Buenos días, Señor, a ti el primero
encuentra la mirada
del corazón, apenas nace el día:
tú eres la luz y el sol de mi jornada.

Buenos días, Señor, contigo quiero
andar por la vereda:
tú, mi camino, mi verdad, mi vida;
tú, la esperanza firme que me queda.

Buenos días, Señor, a ti te busco,
levanto a ti las manos
y el corazón, al despertar la aurora:
quiero encontrarte siempre en mis hermanos.

Buenos días, Señor resucitado,
que traes la alegría
al corazón que va por tus caminos,
¡vencedor de tu muerte y de la mía!

Hoy vamos a escuchar y meditar testimonios sobre la oración
Y en esta lectura meditada, hablamos con el Señor
Después de cada testimonio nos preguntamos:
“Señor, ¿qué me dices con este testimonio?”

De la oración a la vida, de la vida a la oración

Hay muchas maneras de expresar la vivencia personal de la oración o, mejor dicho, de expresar qué lugar ocupa y qué representa para mí la oración. Lo que en primer lugar se me ocurre decir es que rezar es hacer un largo recorrido que supone voluntad, aprendizaje, vivencia y experiencia. Pero éste no es un recorrido lineal, estable, sino un recorrido que vive etapas, momentos personales que hacen más o menos fuerte la experiencia. Al decir esto lo que espontáneamente reconozco es que es muy importante no dejar nunca de orar, a pesar de que pensemos que no rezamos bien.
No rezo bien. A menudo ésta me es una buena excusa para no rezar, pero para mí tiene un serio trasfondo: considerar que la oración es una acción del sujeto acti va de la que soy yo misma. Rezar así me ha hecho dar cuenta de que a menudo rezamos sin contar con Dios. Estamos tan acostumbrados al activismo que olvidamos que la oración es por encima de todo una actitud de humildad que nos hace capaces de ponernos ante Dios y disponernos a estar con Él para que sea Él quien nos trabaje.
Querría, de algún modo, ir desgranando lo que he apuntado con algunas reflexiones que a la vez señalan un cierto proceso en la vivencia de la oración:
Humildad en la oscuridad: Desde el silencio de la noche a menudo vuelvo a escuchar lo que he hecho y cómo lo he hecho. Parece como si el resultado de las cosas se empequeñeciera, y aumentase, en cambio, su sentido más profundo. y me pregunto, entonces: ¿he amado?, ¿he escuchado?, ¿he contemplado? .. ¿he vivido o sólo he hecho? El propio activismo ¿se convierte en el sentido de mi vida? .. Y vuelve el silencio, entonces tendría que comprender que esto no es una carrera a ganar o a perder, sino una llamada amorosa que me dice que vivires la realidad más débil y la más grande a un tiempo, para descubrir el don del amor. En este preciso momento parece como si uno se rindiera: ya no quiero correr más y empiezo a sentir una cierta vivencia de abandono: la humildad en la oscuridad. La humildad que me permite constatar la verdad de las cosas y aceptarlas como son; la humildad que me permite recordar y constatar que la vida goza de un sentido mucho más grande que el que uno siente y recibe en la inmediatez de las cosas; la humildad que me dice cuál es la verdadera razón por la que hago lo que hago; la humildad que me hace encontrar a Dios y me hace sentir que sólo Dios es amor.
La humildad en la oscuridad se convierte en oración cuando escucha la voz de Dios. Vuelve el silencio, pero este silencio ya no es un silencio inquieto, abatido, furioso, este silencio ya es un gesto de amor. El día ya ha declinado y se convierte en verdadero descanso. ¡Gracias, Dios mío!
De la humildad a la esperanza: Hay muchas vivencias que nos hablan de esperanza. Pero hay una actitud interna que se convierte en esperanza cuando ha probado, desde el agradecimiento, la verdad de la humildad. La humildad que nos muestra nuestra humanidad, nuestro límite, nuestra finitud. Vivir desde la humildad es vivir abiertos a la verdad que nos trasciende y, desde esta apertura, vivir la esperanza.
La esperanza es, entonces, la actitud personal de abandono que nos hace atentos a la presencia de Dios. La esperanza es la actitud personal de espera de la venida del Señor en todos y cada uno de nosotros. Cuando tantas veces engañamos la esperanza convirtiéndola en una espera de mi deseo, de mi necesidad personal, llega el día que reconocemos que la esperanza ama la realidad tal como es, y no desea cambiarla sino saber vivirla de otro modo, saber vivirla a la luz del Evangelio. Tener esperanza quiere decir creer. y rezar quiere decir abrirse a la esperanza de Dios.
Vaciarnos de nosotros mismos: Hay momentos en los que sentimos un cierto cansancio alertado para que a la larga no produzca desencanto. Son muchas las cosas que se hacen, los esfuerzos invertidos … ¿por qué tan poca respuesta?, ¿tanta indiferencia? en mí misma y en los demás. Y este cansancio a veces se defiende con la crítica. Las afirmaciones, entonces, son múltiples: ¡Dios no quiere esto!, ¡éstos se equivocan diciendo lo que dicen!, ¡ no es por aquí por donde tenemos que ir! … y quizá en la intimidad llegamos a dudar de Dios. Dios mío, ¿por qué? Tú, ¿qué dices a todo esto?, ¿qué haces? Háblanos. Esta vivencia para mí es otro camino abierto a la oración, pero orar vaciándonos de nosotros mismos. Olvidado de mí, estoy a punto para sentir a Dios. Para mí éste es un momento para reconocer que orar no es sólo encerrarse y estar solo. Si cuando me dispongo a orar voy lleno de mi yo, de mis ansiedades, de mis necesidades … caeré fácilmente en pensar lo que yo pienso; en sentir lo que yo siento; en plantear lo que yo quiero. No habré estado con Dios, sino conmigo misma. Ésta es la experiencia que me hace decir que la oración tiene que poder ser una verdadera ausencia de mí, para abrirme a la presencia de Dios. Yo siento que ésta es la pobreza personal que nos puede abrir a la riqueza de sentirnos acariciados por Dios: es en este momento cuando empieza para mí un camino de conversión. y cuando sentimos cierta su presencia: la crispación se convierte en acogida; la crítica, en comprensión; la exigencia, en testimonio silencioso … la queja, en entrega por amor, que no es respuesta pasiva, sino generosamente activa.
Estar con Él: En este camino de oración llega el momento en que hay que creer más firmemente que somos buscados por Dios y que ésta es una búsqueda constante pero, porque respeta la libertad de cada hombre, espera paciente que nos aproximemos a Él.
Si de verdad queremos vivir la oración, debemos aproximarnos a Jesús y estar con Él. Estar con Él es para mí la vivencia de oración más contemplati va. Estar y nada más. Él ya hará el resto. Hay que dar tiempo a la contemplación, es la quietud humana más rica espiritualmente.
Estar dispuestos. Describiría ahora la última etapa de la oración: la vida. La oración arranca de la vida ya ella vuelve. De otro modo podríamos hacer de la oración el estado ausente de la vida. Vivir quiere decir construir el sentido de cada día, pero no un sentido que se convierta en lajustificación de lo que uno hace, sino en el sentido interno, la intención de corazón que me hace protagonizar unas cosas y no otras. Y este sentido interno es el diálogo frecuentado con Jesús que me llama, me retira a la soledad y al silencio para que, desde la mirada amorosa de Jesús, reconozca mi pecado, que me ciega y me aleja de la voluntad de Dios.
Orar quiere decir estar dispuesto a dejarme tocar el corazón por Jesús. Estar dispuesto a vivir camino de conversión.
Orar quiere decir estar a la escucha de Dios. Orar quiere decir estar abierto a su voluntad. Orar quiere decir dejarse amar por Él.
Es desde este recorrido que intento vivir la oración deseando el diálogo frecuente con Jesús, que he podido experimentar cuando soy capaz de vivirlo, que me hace vivir la vida de otra manera.
Cada vez siento más que orar no es hacer, sino que, en todo caso, es creer y dejar hacer.

ROSA DEULOFEU
Delegada Diocesana
Pastoral de Juventud en Barcelona

Mantener la relación personal con Jesucristo

«Orad sin cesar, dad gracias en toda ocasión. Eso es lo que Dios quiere de vosotros en Jesucristo». Estas palabras de Pablo a los Tesalonicenses me recuerdan el poco tiempo de que generalmente disponemos para detenemos y dedicar un rato a la oración.
Tengo amigos que lo hacen mientras conducen, o en el tren. Otros aprovechan un rato de ejercicio, corriendo por la Diagonal, para hablar con Dios. Personalmente me cuesta mantener la concentración cuando rezo solo si no estoy en quietud y con los ojos cerrados. Pero, a pesar de eso, a veces me desvío de los temas por los que estoy rezando. En cambio, cuando rezo con otros cristianos esa dificultad desaparece, porque tener a otras personas que me escuchan hace que me exprese con más normalidad que cuando el único que me escucha es Dios.
Hace tres años algunos jóvenes de la Iglesia propusimos que tres cuartos de hora antes del culto (así es como llamamos los protestantes a la celebración del domingo), nos reuniéramos para tener un rato de oración. La respuesta no fue masiva, pero durante unos años nos reunimos entre cinco y diez jóvenes para leer la Biblia, compartir temas más o menos personales y orar por ellos, además de alabar a Dios y darle gracias.
Además de este pequeño grupo también me gusta orar en grupo con los que hacemos estudio bíblico, pero debo admitir que realmente me cuesta rezar ante toda la Iglesia durante el culto.
Otra forma de orar que practico es sólo con un amigo o con mi pareja. El hecho de expresar con palabras las preocupaciones comunes, o los motivos de agradecimiento a Dios, siempre nos ayuda a mejorar la relación entre nosotros. Además, la confianza que puede haber con esta persona hace que la oración pueda ser mucho más Íntima que cuando rezas en un grupo más numeroso. Quizá el único inconveniente es que, dependiendo de qué amigo se trate, puedo acabar rezando mientras conduzco, o mientras camino por la Diagonal y, evidentemente, con los ojos abiertos.
Tanto orar en pareja como en pequeños grupos me ayuda a ser más regular en mi oración personal, ya que a menudo nos comprometemos a rezar a nivel individual a lo largo de la semana los unos por los otros y por otros temas diversos.
Cuando paso unos días sin un rato personal de oración, veo que cuanto más tiempo pasa, más me cuesta volver a ponerme a rezar. A veces el único problema es que hay algo en mi vida, alguna actitud, algún problema con alguien, etc. que desbarata mi relación con Él. De algún modo soy consciente de que si me centro y empiezo a hablar con Él, me hará ver claramente que tengo que hacer un esfuerzo porque alguna cosa tiene que cambiar, y por eso lo más cómodo es continuar haciendo como si no pasara nada. Afortunadamente Dios es paciente y no le importa que lleves tiempo sin hablarle. Siempre está dispuesto a escucharte y a perdonarte.
Uno de los temas de que a veces hablamos en los diferentes grupos o en el culto es de la importancia de mantener el equilibrio entre las peticiones y los agradecimientos a Dios tanto en la oración personal como comunitaria. Claro está que en la personal a menudo tengo que añadir la confesión, porque es muy difícil, si no imposible, comunicarte con Él sin querer escucharlo cuando te hace dar cuenta del pecado que hay en ti. A pesar de la intención de mantener el equilibrio, me doy cuenta de que siempre que doy gracias por algo, acabo añadiendo alguna frase como por ejemplo que aquello por lo que doy gracias continúe así o vuelva a ocurrir. Pero también hay que ver que las peticiones generalmente no son simples deseos. A menudo implican un compromiso personal. Por ejemplo, no tendría sentido que rezara para que mis amigos llegasen a conocer a Jesús personalmente si no les hablara de Jesús o, si no fuera, por 10 menos, un buen testimonio para ellos de 10 que es ser cristiano.
Por todo eso, y muchos otros motivos, creo que la oración es de las cosas más importantes en la vida de un cristiano, ya que, al igual que la lectura de la Palabra de Dios, es imprescindible para mantener la relación personal con Jesucristo y para ayudarnos en el esfuerzo de parecernos cada vez más a su modelo.

SERGI LLORET
Ingeniero de Telecomunicaciones.
Evangélico

Sentir a Dios en mí, en la vida, en el mundo

¿Por qué rezo?
A estas alturas de mi vida debo decir que rezo por una verdadera necesidad que se me ha ido creando. Necesidad que, en este caso, es distinta de obligación. Hasta diría que no me gusta lo de obligación aplicado a la oración, eso de que el cristiano tiene obligación de orar.
Vivo la oración como un derecho, el derecho que Dios me ha dado al hacerme hijo suyo y poder llamarlo Padre y el poder relacionarme filialmente con El.
Y por este motivo principal, se me va quedando atrás el tiempo en que cualquier urgencia que me salía en la vida, la solucionaba robando tiempo a la oración.
Ahora más bien, si en algunas ocasiones no puedo dedicar el tiempo que fundamentalmente tengo asignado a la oración, no me intranquilizo porque pienso que Dios me ha presentado otra posibilidad de hacer su voluntad, distinta de la oración; pero me las apaño para buscar otro tiempo y lo consigo.
Y algo que veo con claridad es el dedicar, de cuando en cuando, como por ejemplo algún día a la semana, tiempos más largos para la oración. No me resulta suficiente el rezar siempre en ratos breves. Llamo tiempo largo al que pasa de la hora.
¿Cómo rezo?
Si miro a las expresiones verbales de mi oración, a las palabras que acompañan mis sentimientos en ella, debo decir que mi oración es muy poco o nada variada, sino reiterativa.
y es que, más que decir yo cosas a Dios, me va mejor sentir a Dios en mí, en la vida, en los hombres, en el mundo, y sentir que me ama, que nos ama.
Este es el núcleo de mi oración, que a veces lo expreso con palabras o se queda en silencio y sentimiento.
Aunque también me gusta repetir una y mil veces mi amor a Dios y llamarle Padre, Amigo, Hermano, Señor, Salvador, Pastor.
Lo que no va con mi oración es el que sea una oración forzada, el devanarme el seso para ver qué vaya decir a Dios.
Incluso, cuando me cuesta concentrarme, recurro a orar con la Biblia, mi libro de oración, y suelo recitar salmos, según el gusto del momento, y los digo muy despacio, repitiendo las frases que me resultan espiritualmente más sabrosas, diciéndolas una y otra vez, porque siempre saben a novedad.
Si no tengo a mano la Biblia, medito en salmos que sé de memoria o, con mucha frecuencia, acudo al Padrenuestro que es uno de mis temas favoritos de oración.
También me va bien para la oración el repetir alguna de las principales oraciones cristianas, como el Credo, el Señor mío Jesucristo, pero rumiándolos meditativamente; o rezar el rosario despacio, quedándome a veces en un rosario a medias.
¿Qué busco en la oración?
No me va el ir a sacar algo muy concreto de la oración. Incluso en la oración de petición, me cuesta pedir algo que sea un bien temporal para mí, como por ejemplo, la salud.
Prefiero repetir el «hágase tu voluntad».
El poder estar con Dios, el que me haya llamado para estar con El, es para mí el mayor logro.
Aunque sí me brotan con fuerza las grandes peticiones, sobre todo las que Jesús nos enseña en el Padre nuestro, como la de «Venga tu Reino, hágase tu voluntad».
¿Qué encuentro en la oración?
Encuentro el gozo de estar con Dios, de saberme vivido por El; el sentirme unido al Hijo y desde ellos, más vinculado a todos los hombres.
En esa experiencia del Padre nuestro, se me reaviva la fraternidad con los hombres.
Encuentro también en la oración que se me renuevan y refrescan las grandes opciones de mi vida, como son el deseo de seguir a Jesucristo, de vivir con fidelidad mi vocación, el sentir que mi identidad y misión están en Cristo.
También encuentro que vivo de otro modo las dificultades, relativizo mucho más los fracasos humanos, se me rebajan mis tendencias a la soberbia y vanidad y me parece imperdonable el tener afanes de acaparar cosas y empiezo a entender algo mejor aquella palabra de Jesús: «Hay más alegría en dar que en recibir».
Las dificultades de mi oración
Lo que más me cuesta es ponerme ante Dios tal y como soy para que Él pueda disponer totalmente de mí. Me ronda mucho la tentación, al tratar con Dios, de guardarme en exclusiva alguna parcela de mi vida y de mis proyectos.
El decir como María: «He aquí la servidora del Señor», sin sordina, a boca llena, es para mí la gran dificultad.
Otro tipo de dificultades que también se dan en la oración, como por ejemplo, la aridez espiritual, el no saber qué decir, qué hacer, me inquieta menos.
Me ayuda mucho el descubrir que en la oración podemos llegar al encuentro con Dios desde cualquier situación personal, familiar, social o eclesial; sean de gozo, de prueba, de sufrimiento, de enfermedad, de incomprensión.
y también me ayuda a superar las dificultades, la posibilidad de la oración cristiana: poder alabar, agradecer, pedir gracia, perdón, etc.
Concretando más, me ayuda muchísimo, creo que lo que más, la oración de Jesucristo, tal y como aparece en el evangelio, sobre todo su relación con el Padre, tan entrañable, tan confiada y al que acude con expresiones de gozo, de abandono o de sufrimiento y presentándole las distintas situaciones de las personas.
Después de todo, me queda muy claro que sin vida de oración es imposible creer, tener fe; y que la fe te pide, te da hambre y sed de oración y que la oración aumenta la fe.
Y que no somos cristianos hasta que no experimentamos la oración, y que son muy necesarias en la Iglesia las personas que comuniquen y contagien su experiencia de oración.

JAVIER OSÉS
Obispo

Dios está siempre ahí,
en el abandono, en el grito y la alegría

Cuando ya cumplidos los treinta años llegué al cristianismo, me encontré, de repente y sin esfuerzo, con el horizonte de la oración. Rezar fue entonces para mí algo tan natural como el hecho mismo de respirar, y no parecía posible que algún obstáculo pudiera interponerse en aquel camino. No diré que todo fue alegría, viví momentos muy duros en los que, sin embargo, hasta la desesperación recibía una luz nueva.
En realidad, todo a mi alrededor favorecía aquella experiencia: vivía y vivo en un valle, cercano a las montañas, y la compañía de árboles y estrellas, de arroyos y animales, de la naturaleza en suma, eran para mí clara transparencia de Dios.
Pasé un par de meses en una trapa de León, y allí, entre unas mujeres extraordinarias, creí saber con certeza hasta qué punto la oración sostiene el mundo: cuando todo parece dormir, alguien vela y ensancha su corazón acogiendo al universo entero. Nunca olvidaré aquellos días, en los que el rezar seguía siendo tan natural como la vida, pero la vida tiene muchos caminos y yo pensé, con la osadía de la ignorancia, que aquella oración, aquella visión honda, tenía que vivirse también en medio del mundo, que mi sitio estaba en otra parte.
Pronto comprobé que no era capaz de mantener esa oración que me había sido tan fácil; si al principio dedicaba horas y horas que no me importaba restar al sueño, el paso del tiempo me fue haciendo más tacaña y más experta en buscar justificaciones aunque, también, me ayudó a comprender.
El dolor y la belleza como oración
Desde que soy capaz de recordar, dos cosas me han sido intolerables, el sufrimiento atroz de tantos y tantos seres y la injusticia. Hay algo terrible y misterioso en el sufrimiento, algo que nos supera por todas partes y nos hunde realmente en las tinieblas, en un abismo ciego y sin medida, una experiencia a la que no se puede escapar. y seguramente no haya que escapar, aunque no por algún extraño masoquismo.
El paso al cristianismo no había cambiado mi experiencia del dolor, ni la rabia ante la injusticia, pero poco a poco fue cambiando mi forma de mirar, sin que ello significara menor rebeldía. Vi, por ejemplo, que el hecho del sufrir no encierra necesariamente en uno mismo, que el grito de la desesperación tiene algo de anónimo, como si quien lo grita recogiera los gritos de todos los que sufren, el peso de todo el dolor del mundo. Y ese grito es oración, aunque quienes padezcan no mencionen el nombre de Dios; y ese grito es grito de Dios y abre a Dios. Comprenderlo ha sido para mf una bendición, pues, seguramente, es el dolor, aunque no s610, lo que más In» ha movido a rezar.
Rezo porque lo necesito: lo necesito yo, no Dios, o también Dios, porque, de alguna manera, es Dios mismo quien reza en nosotros, quien pide o se alegra en nosotros; pero la oración es el hueco que deja lugar al Dios dentro de nosotros.
A veces mi oración es casi un grito y no me preocupa que así sea, como tampoco me preocupa ya el modo de la oración ni las grandes teorías. Creo -siento- que nunca se reza solo, aunque se esté solo, creo que en la oración, lo sepamos o no, estamos todos unidos, que funciona una especia de vasos comunicantes que hacen de la creación entera un solo corazón: por eso no importan formas ni ideas, cada cual comunica su propio latir, sea risa o llanto, súplica o acción de gracias, palabras o silencio, a todos los seres, y ayuda a sostener a todos los seres.
A veces mi oración es silencio y me enseña a escuchar y a mirar. No sabría decir mucho de ello, pero creo que Dios está tan cerca de nosotros, tan cerca, que nos resulta difícil verlo. Por eso, para mí, es necesaria la oración: ahí se nos moldea el corazón y la mirada, se nos aguza el oído, para mirar al mundo con otros ojos, para ver en lo escondido y escuchar lo negado sin perderse en apariencias.
Rezo también porque me he acostumbrado, y no me importa decir esto, aun cuando a veces me distraiga por completo. No me importa porque creo que la oración es una orientación del corazón, un deseo terrible que tiene también sus rutinas y, por qué no, porque desconfío más de las satisfacciones devotas, de los sentires complacientes, que de esas distracciones que, en definitiva, nos ayudan a conocernos mejor.
También la belleza me lleva a rezar. No es ésa una oración preparada, sino algo que surge del propio asombro, de algo más grande que yo y que me abre fascinada a la maravilla que nos rodea: hay tanta hermosura en el cielo y en la tierra, en la fragilidad de una flor yen la mirada del otro, que difícil es no sentirse agradecida y parte de todo … Y, sin embargo, sé que en medio de ese todo, cerca y lejos, se encuentra la cruz.
La oración regalada
Hay una imagen que tengo grabada en lo más hondo y que me ha ayudado siempre en la oración: el grito desgarrado de Jesús en la cruz, su abandono. No sabría explicarlo, pero esa escena es para mí fuente de luz, de paz, de libertad y, al mismo tiempo, de alegría y de una cierta despreocupación. Por ello, aunque quisiera rezar más, perder menos el tiempo, sé que ese grito me procura las mayores sorpresas. Y me explico.
Soy tal vez para muchos una mujer de malas costumbres, de malas compañías. N o me muevo en ambientes cristianos, y me encuentro más a gusto entre la gente que anda tirada por las calles o en bares de dudosa reputación, que entre las personas respetables de lugares confortables. No busco razones para ello, siempre me he movido así y, además, allí están mis amigos, allí hago amigos. Y sucede con frecuencia que tras hablar con el vendedor de kleenex de las calles de Marid, o al salir de la reunión de vecinos de un pequeño pueblito de doscientos habitantes, o del bar donde tomo algunos vinos con los drogotas, algo pasa dentro de mí y se convierte en larga oración que me viene dada.
Pero no quiero engañar, nada tiene esto que ver con alguna loable vocación eclesial: en Arenas de San Pedro, el pueblo más grande de esta zona de Ávila en la que vivo, milito en Izquierda Unida y ni mis compañeras ni compañeros son cristianos. Semana tras semana bajo al pueblo a discutir con ellos sobre el problema del agua, o la asistencia médica, o los indigestos e innumerables problemas del municipio. Y semana tras semana, cuando subo a casa tras las cañas de rigor después de la reunión, algo pasa dentro de mí y sin proponérmelo, como algo regalado, la oración brota en mi corazón.
Como dije antes, sé que rezo poco, como sé que no hay que confundir oración con acción, aunque exista la acción orante. El silencio, el recogimiento en soledad, me son necesarios para adquirir otra mirada y no perderme en el barullo. Pero ese grito desolado de Jesús, y la experiencia del dolor y la injusticia, me han marcado de tal forma que, aunque lo intentara, no puedo deshacerme de Dios; quiera o no quiera Dios está siempre ahí, también en el abandono, y cualquier grito o alegría, o la cosa más pequeña, se me convierte en oración. Aunque necesito rezar más.

MARÍA TABUYO
Traductora.
Miembro del grupo Mujeres y Teología.
Testimonios recogidos de “Por que y como rezo” Emaus. CPL

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