Hablamos con el Señor.

En todo hombre hay un espacio de soledad que ningún vínculo humano puede colmar, ni siquiera el amor humano más fuerte. El que se niega a entrar en este espacio de soledad se pone en situación de rebelión, de rebelión contra los hombres e incluso contra Dios. Cristo te espera en la profundidad de tu ser, donde nadie se parece a nadie.

«YOUCAT – Tu libro de oración»

Señor, vengo para suplicarte: que reconozca cada día de mi vida tu presencia sorprendente. Muchas veces no te ajustas a lo que yo espontáneamente espero.

Las sorpresas que cada día Dios nos da.

1.- Cuantas veces, Señor,
orando desde mi corazón,
te he pedido amarte
con todas mis fuerzas
y siempre me has dado a entender
que eres tú quien me amas
y que me basta saber
que soy amado.

2.- Cuando me siento tan lejos de ti,
mediocre, pobre y débil,
te he pedido parecerme
a tu Hijo amado.
Tu respuesta siempre ha sido
que es él, Jesús, tu Hijo
quien se ha acercado a mí
y se ha hecho semejante a mí.

3.- Abrumado por mis problemas,
pequeños o grandes,
he rogado liberarme de ellos.
Y he ahí que la paz
solo la he encontrado
cuando he hecho míos los problemas
que sufrían también los demás
y les he ayudado a liberarse de ellos.

4.- Cuanto más te pido fuerzas
para poder servir a todos,
más experimento
que mi debilidad me hace fuerte

para amar y ayudar.
Es así como confundes
a aquellos que en este mundo
son y se creen fuertes y ricos.

5.- Pido señales y pruebas
para creer en ti firmemente
y me dices al oído
que de mí solo quieres
una plena confianza
en tu Hijo Jesús.
«Dichosos aquellos que crean
sin haberme visto».

6.- He buscado la paz del corazón,
cumpliendo en todo mis deberes.
y he descubierto que el camino
que conduce a la santidad
consiste en ser fiel
a la propia conciencia
que es la sede en donde reposa
tu santa voluntad.

7.- A menudo te he pedido
hacer grandes cosas por ti,
para bien y servicio de los demás.
Y he descubierto que eres tú
quien ha hecho grandes cosas
en mí y en todos mis hermanos.

Son estas las sorpresas
que cada día me das.

(Oriol Garreta)

(Vuelvo a leer estas experiencias cristianas y medito cómo se dan en mi)

Hoy también vengo a poner ante Ti y a escuchar lo que se dice de ti.
Y te pido por aquellos que aun no te conocen.
Dame tu Espíritu para que por mi vida y mi palabra los que aun no te aman, te conozcan y te amen.

¿Qué dice hoy la gente de ti, Señor Jesús?

La cuestión de Dios sigue despertando polémicas, preguntas y enfrentamientos. Hoy hay creyentes y no creyentes, personas que dudan, buscadores de Dios, gente que está de vuelta, algunos sin haberse hecho ni una sola pregunta, y otros sin haber encontrado ninguna respuesta… Hay debates. Un nuevo ateísmo tan militante como el viejo cristianismo. Y, en todo caso, gente que sigue hablando, y sigue peleando por encontrar una verdad. Ahí sigue la eterna pregunta, que de vez en cuando cada quién tenemos que intentar responder.

¿Quién dice la gente –y uno mismo– que eres Tú, Jesús?

Verás. Hoy en día hay de todo. Hay quien dice que, todo lo más, eres un hombre que vivió hace bastante y dejó una huella honda, porque debías ser carismático, sorprendente o provocador. Pero que luego tus discípulos se inventaron toda una mística de victoria, de resurrección, de eternidad y así convirtieron un fracaso en la victoria más sorprendente de la historia. Pero vamos, todo un cuento, o una evasión, o un autoengaño, según se quiera ver.

Otros dicen que la historia está marcada por grandes figuras.
Hombres o mujeres que tienen en sí la semilla de la humanidad más profunda, más auténtica y más noble, en todas sus posibilidades. Y eso emerge, algunas veces, de manera sorprendente, en gente como tú. Gente que deja una huella indeleble. Entonces te llaman profeta, sabio, maestro, líder, mesías. Un hombre especial, al fin y al cabo.

Hay quienes seguimos creyendo que tú eres Dios.
Hoy mucha gente mirará con sorna a quien diga esto. Porque lo de “Dios” como que se escapa. Para muchos, Dios no existe y punto. Para otros, de existir, es algo indefinible, algo así como un principio, una fuerza, una energía, un algo que no se sabe muy bien dónde o cómo se relaciona con la propia vida. Pero, claro ¿pensar en un Dios hecho persona? ¿Un Dios que caminó por nuestros caminos, bebió la misma agua, que tuvo heridas, se rió a carcajadas o lloró con desgarro? Esto les parece otra eterna versión de las mitologías de todas las culturas.… Algo incompatible con nuestra mentalidad racional, pragmática, científica, dicen también.
Pero yo sigo creyendo que, de existir Dios, y si nuestro universo tiene un origen y un destino, y si hay un sentido en lo que hacemos, que pasa por el amor y una sed de plenitud…
¿por qué no va a poder reflejarse en el misterio más profundo de un ser humano?
¿Por qué no va a poder vaciarse en su creación?
¿Por qué no va a poder expresarse en el lenguaje que nos es más comprensible?
El lenguaje de lo humano, hecho ternura y amor, hecho dolor y compromiso, hecho justicia y estremecimiento. El lenguaje que pasa por la vida y la muerte (que no tiene la última palabra).
Tu, Señor Jesús, eres la única palabra que Dios podría decir sin encadenarnos, pues de otra manera nos habría convertido en esclavos, y nos habría obligado a creer y a adorar. Pero no. No eres la Palabra impuesta de Dios, sino su propuesta para las vidas. Una ventana que nos permite asomarnos a Dios. Un espejo que nos permite ver las posibilidades enormes escritas en nuestra entraña.

José María Rodríguez Olaizola, sj

Señor Jesús
Tu eres Dios con nosotros, caminando en y con nuestra existencia.
Y esto nos cuesta trabajo reconocerlo si rechazamos tu forma de vivir y de ser.
Te suplico que por la presencia de tu Espíritu en nosotros samos por nuestras palabras y nuestra vida reflejo tuyo.

Señor Jesús, vengo a hacerme y a hacerte una pregunta

¿Necesito yo a Jesús?

A menudo escuchamos, o nosotros mismos pronunciamos discursos sobre la fe que afirman que necesitamos creer en Jesús para alcanzar la felicidad más plena.

Sin embargo, dichas proclamaciones muchas veces chocan contra una realidad bien diferente. Por un lado la de aquellos cristianos que parecen vivir la vida con un carácter entristecido, agobiado y apesadumbrado. Y por otra la de muchos ateos y agnósticos que, lejos de dar la impresión de faltarles una pieza clave en su vida, parecen vivirla de una manera totalmente feliz, siendo además en muchos casos muy buenas personas.

Delante de esa realidad puede que nos hagamos la siguiente pregunta: «¿necesita la gente a Jesús?» o tal vez puede que sea mejor que vivan su vida felices sin él. Creo que dicha pregunta es en realidad una trampa, si nos quedamos tan solo en ella y no somos capaces de darle la vuelta. Es decir, tal vez la cuestión no sea tanto preguntarse si la gente necesita a Jesús, cuanto hacerme a mí mismo la pregunta: «¿necesito yo a Jesús?».

Y es que, muchas veces convertimos a Jesús y al Evangelio en una pesada carga en nuestra vida. En una especie de losa que nos aplasta, en un arma arrojadiza o en un producto que tenemos que vender si queremos evitar que la Iglesia desaparezca…

Y sin embargo Jesús no pretende ser nada de eso.

Él quiere ser nuestra felicidad, llenar nuestro corazón y movernos hacia actitudes que nos saquen de nosotros mismos y nos hagan constructores de su Reino. Él no pretende ser una carga ni una amargura, sino más bien aquel que nos ayuda a llevar nuestra carga y amargura.
Si no lo vivimos así, nos estamos engañando, puesto que no estaremos viviendo desde la felicidad que él nos promete y puede que ni siquiera hayamos conocido al verdadero Jesús. Y ciertamente entonces no seremos capaces de contagiar alegría, sino más bien todo lo contrario. Pero si vivimos habiendo descubierto de verdad que Jesús llena nuestro corazón y que su proyecto merece la pena y hace vivir de la esperanza (incluso contra toda esperanza), entonces ciertamente contagiaremos un “algo más”, una semilla que posiblemente germinará entre la gente de nuestro alrededor, cuando haya llegado su momento.

Dani Cuesta, sj

Señor Jesús, que sepa vivir y comunicar a otros que tu eres nuestra felicidad…

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