Cartas a mi hijo de 2 años (XII)

LA GRACIA DE DIOS

Junio de 2020

Querido hijo:

La muerte, la muerte es la misma para todos, es despiadada en su forma y cruel en su esencia, dado que se lleva la presencia de aquellos a los que amamos. Dicen que en esta pandemia ha sido desoladora la marcha de tantas víctimas directas o indirectas de “este bichito”, que el silencio era tangible y cortaba el aire helado dejando lágrimas congeladas en pilas de cajas de madera. Pero hijo ese es un cuento muy oscuro que desgraciadamente algunos muchos vivieron como real.

Pero tú, mi ángel bello, que escuchas una y otra vez con atención “la casita de chocolate”, a tus dos años solo debes oír los cuentos dulces, un cuento que no tiene final feliz “con perdiz” pierde su ser. A nosotros también nos ha visitado la muerte y como te digo, es la misma para todos, pues omitamos ese detalle en este nuestro cuento real. Lo que hace diferente al ser humano no es eso dado que su poder ante el adiós es totalmente limitado. Lo que nos distingue a unos de otros es la forma en que vivimos, y ahí si tenemos mucho poder de decisión. Cómo afrontamos las circunstancias que nos son impuestas, cómo nos levantamos de las caídas y cómo nos relacionamos con los demás marcan lo que somos. Y de ello es de lo que quiero hablarte, hijo mio.

La abuela Ángeles pasó el siglo con huella indeleble en todas las vidas que acarició. Su secreto: “Jamás tuve un si ni un no ni con mi marido, ni con mis hermanas, ni con mis hijos… me he llevado bien con todas mis vecinas.” Es cierto que nunca la oí discutir “Dios me ha dado mucho entendimiento”, tampoco criticar a nadie “Todos tenemos algún defecto” y hasta en sus horas más apagadas ha sabido dar luz. Es algo que también debes aprender, aunque el mundo intente desenchufarnos no puede si la luz es natural. Deja de brillar lo añadido, lo superfluo, lo artificial… pero lo que emana el mismo ser permanece aunque a veces otros focos deslumbren y no nos dejen ver la verdad.

La abuela Ángeles no agotó su existencia en absoluto, la hizo florecer en su testamento vital. Izó allá por donde iba su bandera: la Fe y el AMOR INCONDICIONAL a Dios, a la Vida, a sus hijos, a sus nietos, al mundo y a la sociedad. Cosió tanto y tanto y con tanto esmero, que aunque la vida son retazos de otras vidas, jamás en la suya se vio un remiendo o un parche… sabía casar los colores de esta existencia como nadie, eligiendo bien la pieza superpuesta, utilizando tejidos que acariciaran y no hirieran la sensibilidad de la piel ajena.

Y es cierto que se fue como es cierto que se queda… qué espectáculo más hermoso debió ser cuando en su agónico suspiro revivió todo su cuerpo al oír la voz de su hijo: “Madre”. Cuánta emoción derramada en los ojos de tu abuelo que se mezclan con los de la bisabuela… acaso ellos necesitaron de esta pandemia, de mascarilla para sonreír con los ojos… si es la primera sonrisa que una madre dedica a su pequeño cuando en sus brazos despierta a la vida que nació en el seno.

Querido hijo… qué afortunados seguimos siendo que la muerte nos llega como a los demás pero la vida nos sorprende queriéndonos.

Debo contarte la emoción que corrió por nuestro cuerpo cuando todas, absolutamente todas las cofradías del pueblo llegaron con sus estandartes a acompañar en procesión su cuerpo, aquellos que con tanta dedicación en años de historia cosió la bisabuela y con generosidad cedió a cada imagen de su Noalejo. Sus paisanos se asomaban a los balcones, algunos se sumaron a pie, otros agitaban su mano en señal de respeto a aquella que tantas y tantas horas con ellos había compartido. En sus tronos, los más grandes reyes, los ancianos… que entre lágrimas y sonrisas decían adiós a su centenaria amiga. Cuánto agradecer en nuestro corazón. La Iglesia, la iglesia estaba llena, la iglesia siempre está llena… Entonces pude oír el aplauso, porque en el Silencio es cuando se oyen las palmas verdaderas, y había mucho agitar de ánimas. Las mascarillas no fueron obstáculo para ver como reían los ojos, como cantaban los ángeles….

Lo oyes, cariño, …el Niño que está jugando con la madeja de hilo y al lado la bisabuela tejiéndole un pañal para que no pase frío.

Sí, hijo mío, recuérdalo siempre, al final recogemos lo que sembramos… Y aunque duele, cómo duele, decir adiós…. cómo reconforta saber que no hay sufrimiento, que no hay queja, solo gracias y gracia. La gracia de DIOS.

TE QUIERE SIEMPRE, TU MAMI MILY

Mª MILAGROS TITOS PADILLA
CARTAS A MI HIJO DE DOS AÑOS

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